Después de hablar de los viajes espaciales y la alimentación de astronautas, ha llegado el momento de ver qué maneras hay de enfrentar el viaje espacial en la ciencia ficción con 4 ejemplos clásicos.

Hace ya dos años que inauguré esta sección sobre cómo escribir ciencia ficción creíble. Lo hice con un artículo sobre el viaje espacial que, como se me fue de las manos, se convirtió en una serie de 4 artículos hablando de cómo enfocar el viaje, restricciones, maneras de ejecutarlo y maneras de encontrar alimento en el espacio.

Ya en aquel momento tomé algunas anotaciones para escribir este quinto artículo, pero no sé muy bien por qué he ido posponiendo su escritura hasta… hoy, justo dos años después del primer artículo.

El viaje espacial en la ciencia ficción

Tanto culturalmente como por la fascinación que despierta en nosotros, el viaje espacial es uno de los pilares esenciales de la ciencia ficción. No es que todo lo que incluya un viaje espacial sea ciencia ficción, ni que toda la ciencia ficción deba tener un viaje espacial, pero si miro mi biblioteca de libros de ciencia ficción (que no es pequeña), diría que dos terceras partes utilizan el viaje espacial de alguna manera.

Y eso, aunque solo sea por una cuestión de volumen, convierte el viaje espacial en la ciencia ficción como algo que debemos tener muy presente. De hecho, hay libros que utilizan el viaje espacial como un mero puente para contar otro tipo de cosas mucho más interesantes. Si quieres un ejemplo de esto último, te invito a echar un vistazo a 11,4 sueños luz de Nicholas Avedon, si no lo has hecho ya.

El caso es que, desde el primer relato que se considera ciencia ficción (allá por el siglo II), los autores de ciencia ficción (porque no existió como tal hasta muchos cientos de años después) han sentido fascinación por el espacio.

Y, lo que hoy nos importa, ¿cómo se han enfrentado al viaje espacial en la ciencia ficción a lo largo de los años?

Te traigo cuatro clásicos maravillosos de la ciencia ficción y sus maneras de resolver la cuestión del viaje espacial.

4 ejemplos de viaje espacial en la ciencia ficción

A mis alumnos del curso para aprender a escribir ciencia ficción les digo que deben partir de una pregunta o de un concepto, tirar del hilo e ir viendo qué deducciones y decisiones van encontrándose por el camino. Pero también les digo que la experiencia y la bibliografía que llevamos en nuestro interior también ayuda.

También les digo, como te dije a ti en verosimilitud en la ciencia ficción, que no tienen que frustrarse por no conseguir entender un concepto científico para algo que estén desarrollando. A veces basta con sacarse un nombre raro de la chistera, otra con tirar balones fuera y echarle la culpa a alguna entidad que no conocemos y otras, sencillamente, basta con dar las cosas por supuestas sin explicarlas.

Pues bien, aquí os traigo 4 ejemplos de cómo cuatro maestros decidieron enfrentar el viaje espacial en la ciencia ficción de sus libros.

1. Dune de Frank Herbert

En 1965 se publicó el inicio de una de las epopeyas de la ciencia ficción más famosas y prolíficas de la historia. Frank Herbert, aprovechó la edad de plata de la ciencia ficción para sacarse de la manga Dune, un primer libro que abrió un mundo increíble del que todavía hoy se siguen recibiendo copias de copias de copias (en breve tendremos dos adaptaciones cinematográficas más…).

Pero sin enrollarnos en lo que eso deja de ser Dune, nos enseña una de las maneras más elaboradas y menos científicas de enfrentar el viaje espacial en la ciencia ficción: no he sido yo, ha sido ese chico mutado y raro de ahí que puede hacer cosas raras con la mente.

Frank Herbert se inventó a una Cofradía con seres humanos modificados que, gracias a la moneda del siglo 200 o 250 (la especia, la melange) eran capaces de trazar un rumbo entre las estrellas, plegar el espacio y enviar una nave de un lado a otro del universo en un instante.

Que, dicho de otra forma, viene a ser quitarse el problema de encima. Déjame que haga una representación dramática de una posible conversación entre un Frank Herbert y alguno de sus colegas más puristas:

<<Recreación dramática entre el señor Herbert un compañero periodista>>

¿Cómo viaja la gente por el espacio en tu novela?

Fácil: los navegantes les llevan

Ya, pero, ¿cómo lo hacen exactamente?

Pues… se drogan, ven las infinitas posibilidades, doblan el espacio… ya sabes

Vamos, que no tienes ni puta idea de cómo lo hacen

No, pero a nadie le importa

Porque esa es la mayor verdad que hay: si no das lugar a que tus lectores se pregunten cómo y por qué, si les das explicaciones suficientes y desvías la atención a lo que realmente te importa, no van a cuestionar tus métodos.

No tienes que perder años de vida en inventar hipótesis y teorías plausibles, solo tienes que contar dos milongas muy bien contadas y dejar que el tema circule solo.

Eso sí, las implicaciones sociales y políticas de un monopolio como el de la Cofradía son… bueno, dan para escribir muchos libros.

2. La Fundación de Isaac Asmiov

De una manera un tanto oculta (no lo explica directamente), Isaac Asimov utiliza una de las trampas más tramposas que hay para explicar el viaje espacial en la ciencia ficción. Una mentira en la que nadie cree pero que todos aceptamos y que sirve para mover algo entre A y B saltándonos el camino que hay entre medias: el hiperespacio.

Y es que, si te has leído la saga de la fundación o el resto de libros de ese universo (conocido como el Ciclo de Trántor), habrás visto que Isaac Asimov, que era muy dado a explicarlo todo hasta la saciedad, mueve naves espaciales sin explayarse en detalles innecesarios. ¿Por qué? Bueno, mi teoría era que él mismo sabía que era una patraña y no quería indagar demasiado en el tema.

El caso es que, el hiperespacio, es algo así como inventarte unos seres que mueven naves (como hizo Herbert), pero de un modo un poco más serio.

<<Recreación dramática entre el señor Asimov y sus colegas científicos>>

Señor Asimov, ¿cómo es posible que los psicohistoriadores cruzasen la galaxia en tan poco tiempo? Para viajar de Trántor a Términus harían falta siglos de viaje…

Está usted en lo cierto, mi querido amigo inquisitivo, pero, ¿qué pasaría si pudieras salir del espacio conocido, entrar en una dimensión alternativa y volver a entrar por otro punto del espacio conocido? ¿No conseguiría eso evitar el problema de que la velocidad de la luz es una constante y no se puede viajar más rápido?

Hombre… sí… ¿pero no le parece que eso de salir del espacio ya se salta suficientes leyes físicas?

No, porque el hiperespacio… [[poner aquí una explicación con contenido altamente científico]]

Vale, vale, lo que usted quiera, señor Asimov, que no sabía cómo hacerlo y se inventó una dimensión alternativa. Me queda claro.

Y a partir de esta conversación, todo aquel que quiso saltarse las restricciones físicas del tiempo que se tarda en ir de A a B cogieron el hiperespacio y lo acuñaron como un axioma.

Hola, Star Wars, sí, estoy hablando de ti.

3. Pórtico de Frederik Pohl

Una de mis sagas clásicas favoritas.

En Pórtico, el señor Pohl decidió hacer algo que me maravilla: no explicar absolutamente nada. Creó un misterio alrededor de una estación espacial y de unas naves de las que nadie sabe nada. Un misterio creado por alguna raza que no conocemos que tienen la capacidad de mover cosas más allá de la velocidad de la luz.

¿Cómo? Solo los creadores de las naves lo saben.

Un recurso del que no se puede abusar, pero que funciona a la perfección para enfrentar el viaje en la ciencia ficción y para otras muchas cosas. ¿Has leído La Vieja Guardia de John Scalzi? Pues él en los primeros compases de su libro hace algo parecido con el ascensor espacial. Es físicamente imposible, señor, pero ahí está.

<<Recreación dramática entre el señor Pohl y su editor>>

Explíqueme, señor Pohl, dice usted que encontramos un hangar lleno de naves y nos ponemos a viajar hacia las estrellas

Sí, señor editor, orbitando y oculta a nuestros radares, una estación espacial de unos alienígenas llamados…

Luego hablamos de los bichos verdes, señor Pohl, ahora cuénteme, ¿qué propulsa esas naves?

Un propulsor MRL

¿Y qué significa?

No lo sé

Vale, no importa. ¿Cómo funciona?

No lo sé

¿Qué combustible usa?

No lo sé

¿Cómo se activa?

Pues se tocan unos botones, se encienden unas luces…

Vamos, que no lo sabe

Exacto

¿Y cómo pretende que sus lectores crean en esas naves?

¿Por qué no iban a hacerlo? El cómo se mueven es irrelevante. Lo que importa es a dónde van y quién se monta en ellas. Todo lo demás son detalles superfluos que no necesito para contar mi historia.

Así funciona la magia de la ciencia ficción. ¿Quieres utilizar el viaje espacial en la ciencia ficción que quieres escribir? ¡Genial! ¿Necesitas explicar cómo funciona? Para nada.

Además, en el caso de Pórtico ese desconocimiento es gran parte de su atractivo. Pero eso es otro tema de lo que te hablaré en otro momento.

4. 2001 Odisea en el espacio de Arthur C. Clarke

Y por fin llegamos a un ejemplo de ciencia y tecnología al servicio de la ciencia ficción. En 2001 Odisea en el espacio, Arthur C. Clarke hizo gala de los conocimientos y teorías de la época para construir una nave creíble.

Cogió la tecnología en auge del momento, el cuarto estado de la materia y lo juntó todo en un cóctel que podría funcionar. Vamos, un motor de propulsión nuclear a base de plasma conseguido a partir del amoniaco. Seis motores que podrían existir y que, de hecho, se pueden construir hoy en día.

Eso sí, darían como resultado un viaje un tanto lento por el espacio. Pero bueno, si habéis visto la película en lugar de leído el libro, sabréis de lo que hablo con eso de la lentitud del espacio…

<<Recreación dramática entre el señor Clarke y su editor>>

Arthur, como amigo te digo, ¿en serio hace falta que incluyas estos papers sobre propulsión nuclear en tu libro?

¡Por supuesto! ¿Cómo si no iban mis lectores a creer que mi nave es funcional y viable?

Si no te digo que no…, pero… ¿600 folios técnicos llenos de gráficos y fórmulas? Eso solo lo entienden cuatro físicos nucleares en todo el mundo…

Subestimas a mis lectores. Ellos son inteligentes, ávidos de nueva ciencia, curiosos, despiertos…

[Descuelga el teléfono] Doris, ¿puedes llamar al señor Kubrick? Arthur tiene una idea que le vendrá de perlas para llenar horas de metraje sin decir nada.

Y es que a veces esto de enfrentar el viaje espacial en la ciencia ficción nos lleva a explicaciones innecesarias sobre ciencia y tecnología para convencer a nuestros lectores de cuánto hemos estudiado y pensado para llegar hasta aquí.

En definitiva

Ya has visto estos cuatro magníficos ejemplos sobre cómo unos maestros decidieron diseñar el viaje espacial en la ciencia ficción que nos contaron en sus libros. Cuatro maestros, cuatro técnicas distintas. Desde la más fiel a la realidad, pasando por las más imaginativas y terminando en las que… bueno, directamente obviaron cualquier explicación.

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    Comentarios

    1. Muy buen artículo David, es curioso que a pesar de que cada recurso “sacado de la manga”, tengan un enorme peso dentro la historia.

      Pongamos de ejemplo a la especia melange, No importa que se drogan para viajar por el espacio (eso se escuchaba mejor en mi cabeza), sino que esa droga tiene un valor muy importante dentro la política, economía y la religión del imperio.

      Como no he leído “Pórtico” no tengo mucho que decir, me imagino que juega con eso del destino incierto de los exploradores (?)

      • ¡Exacto! No tengo muy claro cuáles fueron sus motivaciones, pero esas decisiones juegan dos papeles muy importantes: la primera es la que comento en el artículo (no explicar el viaje y hacernos creer que es posible) y la segunda es marcar unas condiciones del mundo muy particulares.

        El caso de la especia es clarísimo: con esa decisión fija la moneda que decide quién tiene el poder dentro del universo de Dune. (el que puede viajar por las estrellas, manda) y fija a una facción más o menos neutral como la cúspide de la pirámide.

        Lo mismo con Pórtico. La existencia de una estación con naves que viajan a lo desconocido sin que podamos controlar nada marca cómo se mueve la economía del mundo: te pago mucho por ir a nosesabedonde y te pago más si traes algo de valor. Pero claro, hay que estar muy desesperado para meterse en un cuchitril diminuto durante… ¡no sabes cuánto tiempo!

    2. Y sobre todo en Pórtico, el verdadero morbo está en el desconocimiento absoluto de cómo se viaja. Es una ventaja para el autor, y el punto intrigante tecnológico de la obra.

      Los viajes espaciales futuristas luchan por romper la gran limitación de las grandes distancias. Es un poco como los viajes al pasado: puedes explicar lo que quieras, pero no puedes demostrar nada. La mayor parte de las veces mejor no ahondar demasiado en explicaciones.

      • ¡Exacto! A veces la mejor manera de pasar por algo difícil es… no explicarlo. También es cierto que ahí entra un poco tu obsesión como escritor… yo si no me convenzo de que es posible y me creo lo que estoy contando… me cuesta mucho hablar de eso.

        Pero el caso de Pohl es excepcional, porque el hombre sabía ciencia a punta pala (cosa que demuestra a lo largo de la saga con creces). Es, simplemente, una cuestión de enfoque de la historia 🙂

    3. ¡A Clarke lo has dejado limpio de polvo y paja y es tan canalla como Herbert!… ¿Acaso no es viaje espacial lo que hace gracias al monolito? ¡Y es pura paja!…
      Por otra parte, si un escritor de CCFF diseñase un viaje intergaláctico, basado en la tecnología conocida y viable… sería premio nobel, y no de literatura necesariamente.
      Finalmente, estoy de acuerdo con la conclusión principal, que se puede aplicar a cualquier cosa, si consigues narrar algo de manera plausible, el lector pasará por encima procesándolo superficialmente, ahora si cada veinte páginas hay una piedra en la que pararse, acabará preguntándose por todo.
      Gracias por el artículo, una provocación a reflexionar sobre la narración.

      • xD Clarke por lo menos da alguna pequeña explicación del tipo de nave, motores… Vale que se saca de la manga unos monolitos un tanto mágicos, pero lo que es la Discovery es una nave con todas las de la ley.

        Respecto a poner piedras en la narrativa, depende mucho del tipo de escritor que seas y de lo que quieras hacer (sufrir) pensar a tus lectores. Stephenson y Egan llenan sus libros de auténticas rocas y aún así da gusto leerlos. Con mesura, eso sí.

        De hecho, Stephenson es asesor en un montón de empresas tecnológicas, así que los escritores ciencia ficción sí que podemos acercarnos al premio nobel 😀

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