Ayer, 7 de mayo, se cumplieron 4 años del día exacto en el que decidí que mi tenía que darle un giro de 180º a mi vida. Ese día de 2014 fue el punto de giro de mi historia, el momento en el que el protagonista decidió actuar.

Por eso la entrada de hoy no va a tener mucho que ver con lo que sueles leer por aquí. Va a ser una reflexión muy personal sobre el cómo y el porqué de las cosas.

¿Para qué cambiar?

Hay dos cosas que cuestan mucho en esta vida. La primera es pararse a pensar y a analizar cuál es el estado general de esa vida y la segunda es hacer algún cambio en ella.

Es posible que pienses que tampoco es que todos necesitemos un cambio. Y es cierto, quizá no hace falta que todos den la vuelta a su vida para conseguir sus objetivos, pero sí que suelen hacer falta pequeños reajustes para llegar donde queremos o simplemente necesitemos ver que las cosas están donde deben estar. Lo que está claro es que estamos muy bien preparados para atascarnos en esa primera barrera (pararse a pensar).

Normalmente hay muchos factores que impiden que nos paremos a evaluar si las cosas nos van como queremos (e incluso a pensar en cómo queremos que vayan). Un trabajo absorbente, la inercia de nuestra vida, pocas ganas para enfrentarnos a nosotros mismos… incluso la simple desidia. Y es natural, ni a ti ni a mí nos gusta ponernos delante del espejo para buscar todos y cada uno de los elementos que no nos gustan.

Pero suele haber un único elemento que nos obliga a mirar ahí dentro: un momento de crisis. Algo que tira por tierra esa estabilidad tan cómoda sobre la que vivimos y nos hace darnos cuenta de que ya hemos metido mucha mierda debajo de la alfombra.

¿Qué era yo antes de ser escritor?

Si vienes por aquí a menudo, es posible que ya conozcas mi historia. Pero si no es así, déjame que te cuente en pocas palabras quién era David Olier hace 4 años.

Ingeniero de telecomunicación, trabajaba para una gran consultora y tenía una carrera meteórica. Promocionaba a la velocidad del rayo, cobraba bien y me había convertido en alguna clase de especialista en sacar proyectos en apuros como si no costase.

Lo que, dicho de otro modo, me convertía en especialista en comer mierda sin quejarme.

Bueno, quejarme, lo que se dice quejarme, sí que lo hacía. Porque si hay algo claro en mí es que siempre digo las cosas claras, tal y como son, independientemente de mi interlocutor (sea gerente, socio o el dueño de la empresa).

El caso es que, resumiéndolo bastante: viajaba mucho (every week) y trabajaba más, pero tampoco me planteaba que eso estuviera mal. Simplemente lo hacía porque era mi obligación.

Crisis

Según nuestro amado diccionario, crisis en su primera acepción significa:

Cambio profundo y de consecuencias importantes en un proceso o una situación, o en la manera en que estos son apreciados.

Es cierto que la primera vez que alguien me dijo algo así pensé cosas no muy agradables de él, pero cuantos más años pasan, más me doy cuenta de que todos los momentos de crisis que he vivido han servido para hacer un ajuste en mi rumbo personal.

No es que tengamos que ponernos a buscar esas crisis como si fuéramos idiotas, ni que nos alegremos cada vez que sucede una catástrofe en nuestra vida, pero sí que es verdad que cuando estas crisis suceden, nos dan la oportunidad de echar un vistazo a dónde estamos y dónde queremos llegar.

Bueno, nos dan la oportunidad es un eufemismo. Más bien, nos dan tal hostia en la cara que no nos queda otra que mirarnos el cerebro para ver si se nos ha roto algo.

Y eso es lo que hice yo hace 4 años.

¿Por qué soy escritor?

Llegó un momento, ese famoso 7 de mayo, en el que las cosas ya no eran sostenibles. Trabajar 18 horas todos los días (sí, en las comidas también se puede trabajar, sobre todo si viajas y vives con tus compañeros de trabajo) y dormir 6 pasa factura en un mes. Calcula entonces la factura que pasa después de 5 años.

Así que, cuando quedó claro que ese modo de vida no tenía futuro, no me quedó otra que sentarme a pensar en cómo solucionarlo.

Y en ese periodo de evaluar opciones, alguien muy sabio me dijo «¿qué harías si tuvieras todo el dinero del mundo? ¿Si no tuvieras preocupaciones y pudieras elegir en qué invertir tu tiempo?».

Quizá te parezca una tontería, pero a mí me abrió los ojos. Bueno, al yo adicto al trabajo y con ausencia de sueño y vida fuera del trabajo le abrió los ojos.

Por primera vez en mi vida me pregunté qué quería hacer. No por dejarme llevar por lo que debería hacer.

Mamá, quiero ser escritor

No fue una decisión tomada en un día. Ni siquiera en una semana. Fue una decisión que tardé varios meses en tomar, aunque el 7 de mayo es la fecha clave en todo el asunto. Me dije si escribes como placer, ¿no se podrá convertir eso en una profesión?. Así trabajaría en algo que yo había decidido, haciendo lo que quería hacer.

Y dejé mi trabajo.

Supongo que te harás una idea de cómo vio el mundo aquella decisión. De hecho, es posible que tú también lo veas así. Pero si algo me quedó claro a mí ese año es que el dinero y el trabajo son solo una pata de la mesa de la vida. Y si una mesa tiene una pata que mide seis veces más que las demás, la mesa se va a tomar por saco.

Desde entonces, me he dedicado a buscar la forma de ganarme la vida haciendo las cosas que me gustan, trabajando porque quiero y dedicando el tiempo que haga falta al resto de patas de mi vida.

¿Tomé una mala decisión?

Como dice el refranero popular solo el tiempo lo dirá. Pues bien, en mi caso el tiempo ya ha hablado. No tomé una mala decisión.

Eso sí, el éxito de aquella decisión no fue dejarlo todo en un quiero ser escritor, sino en ir ajustando el rumbo para que el camino de ser escritor me llevase a la verdadera cuestión del asunto: quiero vivir de lo que me gusta.

Quiero trabajar en lo que me gusta, hacer lo que me gusta y tener una vida con unas patas equilibradas.

Si lees mis balances mensuales, sabrás que me dedico a otras muchas cosas que solo a escribir. Doy clases, diseño y construyo páginas web y ayudo a otros escritores y emprendedores a construir las suyas propias. He sacado lo bueno que había en la parte de consultor-ingeniero y la he juntado con mis deseos personales para dar con un equilibrio que me permite estar hoy aquí contándote por qué hice bien en querer ser escritor.

Ahora solo falta ver si dentro de 4 años las cosas han mejorado tanto como lo han hecho los últimos.

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    Comentarios

    1. Hay momentos en la vida en los que uno tiene que arriesgarse y saltar al vacío si quiere conseguir sus objetivos. Tú lo hiciste hace cuatro años al parecer con buenos resultados. Enhorabuena.
      No conocía este blog. Volveré a visitarlo de vez en cuando.

    2. Me ha gustado leer esta pequeña reflexión, básicamente porque veo paralelismo entre ambos. Yo también, como tú, vengo del mundo de la ingenieria (ojo, grandes escritores como Pynchon o Juan Benet venían de ese mundo y, sorpresivamente, mostraron un dominio superior en la construcción de estructuras dramáticas). Como tú, estaba saturado y medio muerto. En mi caso, caí en una depresión que me llevó a un cambio definitivo. Ese cambio, me orientaba de pronto hacia lo humanístico. Entre otras cosas hacia la escritura, pasión que siempre había manejado en secreto, por decirlo así. Ahora lo paso bien con ello, pero no vivo de ello. Eso sí, me he librado del yugo, y eso ya es mucho… abrazos y ánimo en tu carrera, te seguiré leyendo.

      • Librarse del yugo, como dices, es casi más importante que lo demás. Una vez que lo quitas de la ecuación, ya encontrarás la manera de salir adelante. Pero lo primero, lo más importante, es la estabilidad y la tranquilidad emocional de cada uno. Luego ya llega la fase de ver de dónde sacar para pagar las facturas pero… eso es otro tema 🙂

        ¡Un abrazo! Mucho ánimo en tu carrera también.

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